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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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18 Julio 2019 04:05:00
Mi querida maestra
Leer la noticia fue entrar en una imaginada y nostálgica máquina del tiempo. Las hojas del calendario desaparecían con una rapidez vertiginosa, volviendo un parpadeo los años que se sucedían con numeración en orden descendente. De pronto me vi de nuevo en el pequeño pupitre color café del salón de segundo año en el primer patio del antiguo edificio del Colegio Zaragoza.

Iniciábamos una nueva aventura. Expectantes, vimos a la maestra colocarse de espaldas al pizarrón. Muy joven y muy bella se dirigió a la veintena de moconetes que, estrenando libros y cuadernos, la veían entre fascinados y temerosos.

“Buenos días. Yo soy Magdalena Garza Treviño y seré su profesora este año”. Han pasado más décadas de las que yo quisiera, pero todavía recuerdo, como si la estuviera oyendo, su cálida bienvenida cargada de bondad. Ella, como dicen de Afrodita los poetas, continuamente nos regalaba el esplendor de su sonrisa. El mío, lo confieso, fue amor a primera clase, sin saber todavía a mis 7 años qué era eso que llamaban amor.

Resultaba cautivante su serenidad. Jamás la escuché alzar la voz; vaya, ni siquiera endurecer el tono. Carácter acorde a su hermoso rostro clásico. Mucho tiempo después, al contemplar esculturas griegas en la gliptoteca de la Academia de San Carlos, seres humanos de rostros inmutables viendo, no sabe uno si al horizonte o a la eternidad, la recordaba, diciéndome: “Yo he tenido la fortuna de conocer a una dama de brillantes y grandes ojos cuya mirada es igual a estas de mármol”.

Pasó el tiempo –que es lo que mejor sabe hacer, dice Benito Pérez Galdós– y cierta noche la encontré a la salida de un teatro de la Ciudad de México. Iba con su esposo, el licenciado Salvador González Lobo. Pareja perfecta, pues don Salvador merecía, parafraseándola, aquella línea de Manuel Machado dedicada a Felipe IV: “Nadie tan caballero ni pulido”.

Fue amantísima esposa. El licenciado Salvador González Lobo perdió la vista y se contaba que en el hogar de ambos la maestra Magdalena tenía prohibido cambiar de lugar, así fuera un centímetro, muebles y objetos, para que su marido pudiera moverse utilizando la memoria. Enviudó joven y volvió a contraer matrimonio.

La reencontré mucho tiempo después. Seguía tan bella como aquel lejano día en el Colegio Zaragoza. Nunca le abandonó esa cualidad indefinible que mi señora abuela llamaba “clase”. Llevaba su belleza con sencillez ajena a cualquier rasgo de ostentación. Formó una maravillosa familia y no hace mucho le organizaron un festejo con motivo de su cumpleaños número 90.

Hay seres que se vuelven inolvidables. La profesora Magdalena es una de esas personas. Siempre le estaré agradecido por aquel curso que debió principiar nerviosa, pues seguramente acababa de terminar sus estudios en la Escuela Normal. Decían los viejos y severos profesores que la letra con sangre entra. Nada más contrario a su forma de enseñar. Uno bebía el conocimiento envuelto en amabilidad, ansioso de resultarle agradable y merecer su aprobación.

No sé si lo siguiente sea una alabanza para ella, pero quien esto escribe no sería lo que es si no hubiera estado, hace ya muchos años, en aquel pequeño pupitre color café del Colegio Zaragoza mirando a una bellísima mujer cuyas primeras palabras fueron: “Buenos días. Yo soy Magdalena Garza Treviño y seré su profesora este año”.

Se equivocó: fue y será mi maestra siempre…. siempre.
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