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Sergio Sarmiento
Sergio Sarmiento
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Empezó su carrera profesional en la revista Siempre! a los 17 años, cuando era todavía estudiante de preparatoria. Obtuvo la licenciatura en filosofía con honores de la Universidad York de Toronto, Canadá. A los 22 años entró a trabajar como redactor en Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. y dos años más tarde fue nombrado director editorial de las obras en español de la empresa.

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19 Junio 2019 04:06:00
Charlatanería
Un viejo adagio de la política dice que “gobernar es comunicar”. Esto lo han entendido políticos de todo tipo a lo largo de la historia. Donald Trump y Hugo Chávez consiguieron el poder gracias a su poder de comunicación. También Hitler y Mussolini. Más de 2 mil años atrás, Julio César se encumbró en la antigua Roma gracias a su capacidad para hablar a la plebe a pesar de que él mismo era un patricio.

Andrés Manuel López Obrador no es un gran orador, por lo menos no en el sentido tradicional de la palabra. No tiene una retórica de altos vuelos, su vocabulario es pobre y repetitivo, sus vicios de dicción y solecismos son numerosos y el ritmo de sus oraciones es lento. Sabe, sin embargo, hablar a la gente del pueblo, como César, y todas las mañanas captura la atención del país a través de sus conferencias de prensa.

Uno pensaría que cualquier político se desgastaría en una prolongada presentación diaria en la que respondiera siempre de la misma manera, con los mismos argumentos, preguntas distintas, culpando de todos los problemas a la corrupción de sus predecesores, recurriendo a una visión sesgada y simplista de la historia. López Obrador, sin embargo, ha logrado mantener una popularidad extraordinaria a pesar de, o quizá debido a, la exposición constante en medios. A veces da la impresión de que gobierna desde el podio de las mañaneras. Ahí parece tomar decisiones clave con reacciones inmediatas a las preguntas de un pequeño grupo de reporteros.

Los medios oficiales le han dado a López Obrador una inverosímil cobertura. Imagino la reacción que habrían tenido sus seguidores si los canales del Gobierno hubieran usado sus tiempos en el sexenio pasado para transmitir completas las presentaciones de Enrique Peña Nieto. Habríamos visto protestas justificadas, pero quizá lo más relevante es que habrían caído los ratings de las televisoras públicas. No es el caso con López Obrador. Las mañaneras suben el público. Millones de mexicanos están inmersos en un reality que todos los días nos trae la vida y las obras de Andrés Manuel.

La política siempre ha tenido una parte de show business, pero hoy se ha ampliado por la multiplicación de los medios de comunicación y las redes sociales. Los políticos actuales tienen que ser personajes mediáticos. Lo es Donald Trump pese a la irracionalidad de muchas de sus acciones y posiciones. Lo es también López Obrador, porque rompe las reglas establecidas.

Algunos miembros de Morena han entendido el mensaje. Gerardo Fernández Noroña y Jesusa Rodríguez generan controversias en redes sociales con ocurrencias de todo tipo. Saben, como Trump, que en la política moderna es mejor ser notorios que desconocidos. De alguna manera, sin embargo, debemos lamentarlo. Es mejor un gobernante o un político que escuche, y que entienda los problemas, a uno que hable sin parar.

Ayer el presidente declinó responder a una pregunta sobre las prendas de Carolina Herrera inspiradas en diseños tradicionales indígenas. El asunto, dijo, “lo está atendiendo la Secretaría de Cultura. Le voy a pedir que nos presente un informe, porque también yo no puedo contestar todo (sic)”. Esta respuesta sorprende en un político que quiere resolver todo o casi todo. Sería positivo que fuera el inicio de una nueva actitud, la de un presidente más interesado en escuchar que en hablar.
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